viernes, 19 de junio de 2015

Frío


El día que murió mi abuela, me cogí la borrachera más grande de mi vida. Primero acompañado -gracias- y luego a solas. En casa. Cuando llegué ya andaba a cuatro patas. Así que fui reptando hasta la nevera y saqué como pude todas las latas de cerveza que fui capaz de beber antes de dormirme -o desmayarme, quién lo sabe- sobre el suelo del baño. Esa noche soñé con ella. Sueños muy confusos que no recuerdo. Pero cuando me desperté mi abuela estaba mirándome desde el quicio de la puerta. Muy enfadada. Puede que aún estuviera soñando o que tal vez siguiera terriblemente borracho. Pero sí recuerdo que me dijo: “Compórtate como un hombre y no me pongas a mí como excusa”. Por supuesto, le contesté. Y me levanté -sin resaca- y comencé a lavar sus sábanas. Su ropa. A ordenar sus cosas. Mientras hacía esto último, me noté el labio de arriba frío. El día anterior me había despedido de ella dos veces: una en la mejilla, antes de ir a trabajar. Y otra en la frente, ya fallecida. Esa sensación, la del labio superior helado, no se me ha ido desde entonces. Hace dos años.

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